Liderazgo
Los líderes que elegimos y los líderes en los que nos convertimos
Las personas para las que trabajamos pueden influir en mucho más que nuestra carrera. Pueden formar nuestros valores, nuestro crecimiento profesional y el tipo de líderes en los que, con el tiempo, nos convertimos.
Al considerar una nueva oportunidad de trabajo, solemos enfocarnos en lo más evidente.
La compensación, las prestaciones, las responsabilidades, el crecimiento profesional, la cultura de la empresa y, quizá, la reputación de la organización.
Todo eso es importante. Pero hay otro factor que creo que merece la misma atención, y que he aprendido a valorar más a lo largo de mi carrera.
¿Para quién vas a trabajar realmente?
La persona a la que le reportas puede influir enormemente en tu experiencia profesional. Puede ayudarte a crecer, a ganar confianza y a desarrollar nuevas capacidades. También puede hacer que una oportunidad que parecía emocionante se sienta innecesariamente difícil.
He tenido la fortuna de trabajar con líderes excepcionales. También he vivido estilos de liderazgo que no eran los adecuados para mí.
Al mirar hacia atrás, ambas experiencias han sido valiosas.
Me han ayudado a entender no solo el tipo de líder con el que prefiero trabajar, sino también el tipo de líder que quiero ser.
Los mejores líderes con los que he trabajado sabían confiar en las personas
Algunos de los líderes más efectivos con los que he trabajado compartían una cualidad.
Sabían dar dirección sin controlar todo el proceso.
Eran claros sobre lo que había que lograr, por qué importaba y cómo debía verse un buen resultado.
Luego dejaban que las personas responsables del trabajo encontraran la forma de llegar ahí.
Eso no significa que no participaran o que no dieran retroalimentación. Al contrario. Estaban disponibles cuando se les necesitaba, dispuestos a orientar y atentos a los resultados.
Pero entendían que su responsabilidad era liderar, no tomar cada decisión ellos mismos.
Ese enfoque me resultaba muy motivador.
Cuando alguien confía en tu criterio y te da la responsabilidad de una tarea, no estás simplemente completando un encargo. Te están dando la oportunidad de aportar tu experiencia, resolver problemas y demostrar lo que eres capaz de lograr.
Y ese tipo de confianza impulsa el crecimiento.
Te hace más dispuesto a tomar la iniciativa, a pensar por tu cuenta y a aceptar la responsabilidad del resultado.
Siempre he valorado a los líderes que entienden que la claridad y la autonomía no se oponen. De hecho, una dirección clara es muchas veces lo que hace posible una autonomía con sentido.
Distintos líderes sacan a relucir distintas cualidades
No todos prosperan con el mismo estilo de liderazgo.
Algunos profesionales prefieren comunicación frecuente, guía detallada y una forma de trabajar más estructurada. Otros dan lo mejor de sí cuando reciben objetivos más amplios y mayor independencia.
Ninguna de las dos preferencias es incorrecta por sí misma.
Lo que importa es entender cómo trabajan las personas y adaptar el liderazgo a eso.
En mi caso, he encontrado que hago mi mejor trabajo cuando las expectativas son claras, la comunicación es abierta y se confía en mí para decidir la mejor forma de lograr el objetivo.
Valoro la retroalimentación constructiva. Valoro la colaboración. Y entiendo que los líderes, al final, responden por el trabajo de sus equipos.
Lo que me parece menos efectivo es un entorno donde cada decisión requiere la participación de alguien más, incluso cuando el trabajo cae cómodamente dentro de las responsabilidades y la experiencia del empleado.
Esas experiencias me han reforzado una lección importante.
El líder adecuado no necesariamente hace tu trabajo más fácil. Crea las condiciones que te permiten volverte mejor en él.
El buen liderazgo va más allá del trabajo
Hay otra cualidad que he llegado a valorar tanto como la confianza profesional.
La empatía.
Algunos de los mejores líderes con los que he trabajado entendían que sus empleados tenían una vida, responsabilidades y prioridades fuera del trabajo.
Reconocían que alguien podía necesitar pasar por un hijo a la escuela, ir a una cita con el médico, pasar tiempo con su familia o simplemente disfrutar un fin de semana sin interrupciones.
Y no trataban esas cosas como un inconveniente.
Entendían que estar comprometido con el trabajo no significa estar disponible a toda hora.
Creo que esta distinción es especialmente importante.
No todo compromiso personal tiene que ser una emergencia para merecer respeto.
A veces alguien quiere cenar con su familia, ver una película con sus hijos o disfrutar una tarde tranquila sin pensar en el trabajo.
Ese tiempo también importa.
Por supuesto, cada trabajo tiene exigencias distintas. Las fechas de entrega, las situaciones urgentes y las responsabilidades de la operación a veces piden flexibilidad.
Pero debería haber una diferencia entre una necesidad ocasional del negocio y la expectativa de que el trabajo siempre tenga prioridad sobre todo lo demás.
Los líderes a los que más respeté parecían entender esa distinción.
Les importaban los resultados, pero también les importaban las personas responsables de lograrlos.
No todos definen el éxito de la misma manera
También he conocido estilos de liderazgo en los que la ambición profesional parecía dominar casi todo lo demás.
Y quiero ser cuidadoso al describirlo, porque no creo que haya nada de malo en estar profundamente comprometido con la carrera.
Hay personas que de verdad disfrutan trabajar muchas horas, construir negocios, buscar un ascenso o dedicar gran parte de su tiempo a metas profesionales.
No hay nada de malo, en sí, en esa elección.
El problema aparece cuando los líderes asumen que todos a su alrededor deberían tener las mismas prioridades.
Un directivo al que le gusta trabajar el fin de semana quizá no se da cuenta de que un empleado valora mantener ese tiempo separado del trabajo. Un dueño de negocio que piensa en la empresa todo el tiempo puede, sin querer, esperar la misma disponibilidad de personas que tienen responsabilidades distintas.
El problema no es la ambición de alguien ni su forma de vivir.
Es si puede reconocer y respetar que otras personas definen de otra manera el éxito profesional y el personal.
Para mí, la empatía en el liderazgo significa entender esas diferencias sin cuestionar el compromiso de alguien solo porque sus prioridades no son idénticas a las tuyas.
Un empleado puede ser ambicioso, confiable y muy efectivo, y al mismo tiempo mantener límites claros entre el trabajo y la vida personal.
Esas cualidades pueden coexistir.
Aprender de los líderes que no volveríamos a elegir
No toda experiencia profesional va a ser ideal.
A veces nos toca trabajar bajo estilos de liderazgo que no coinciden con nuestra forma de trabajar o con lo que valoramos.
Esas experiencias pueden frustrar, pero también creo que ofrecen una oportunidad para reflexionar.
En lugar de enfocarme en si alguien fue un buen o un mal gerente, me ha resultado más útil preguntarme qué me enseñó la experiencia.
¿Qué hizo que la comunicación fuera efectiva o no? ¿Qué me ayudó a sentirme en confianza? ¿Qué dificultó la colaboración? ¿Qué haría de otra forma si yo fuera responsable de liderar a ese equipo?
Esas preguntas me han ayudado a entender con más claridad mis propios valores como líder.
Y he aprendido que no tienes que estar de acuerdo con la forma de trabajar de alguien para aprender algo valioso.
A veces la lección más importante es reconocer una conducta que no quieres repetir.
Convertirte en el líder para el que te gustaría trabajar
Cuando pienso en el tipo de líder que quiero ser, suelo recordar a las personas con las que he trabajado a lo largo de mi carrera.
Pienso en los líderes que me dieron oportunidades para crecer, que me confiaron responsabilidades importantes y que me hicieron sentir que mis contribuciones importaban.
También pienso en quienes respetaron mi tiempo, entendieron mis responsabilidades personales y reconocieron que el éxito profesional no tiene que lograrse a costa de todo lo demás.
Esas son las cualidades que quiero llevar conmigo.
Quiero ser alguien que comunica las expectativas con claridad, que da espacio para usar el criterio, que recibe con apertura otras perspectivas y que ofrece apoyo sin tomar el control cuando no hace falta.
Igual de importante: quiero recordar que las personas con las que trabajo son más que su puesto o las responsabilidades que se les asignan.
Son personas con ambiciones, familias, intereses, retos y una vida que va mucho más allá del trabajo.
No espero que el liderazgo sea perfecto. Las personas se equivocan, las prioridades cambian y a veces las decisiones difíciles son inevitables.
Pero creo que la intención de liderar con confianza, claridad, responsabilidad y empatía hace una diferencia real.
Elige con cuidado, y aprende de todos
No siempre vamos a poder elegir a quién le reportamos.
Las organizaciones cambian. Los gerentes se mueven. Las responsabilidades también. A veces quien nos contrata no es la persona para la que terminamos trabajando.
Pero cuando sí podemos elegir, creo que vale la pena mirar más allá de la descripción del puesto.
Pregunta por el estilo de liderazgo, la comunicación, la autonomía, las expectativas y la forma en que la organización ve el equilibrio entre el trabajo y la vida personal.
Pon atención no solo a lo que dice un posible líder, sino también a cómo habla de su equipo y de las personas que trabajan con él.
Y, sea la experiencia positiva o difícil, busca las lecciones que vale la pena llevar contigo.
Porque a lo largo de una carrera, las personas para las que trabajamos hacen más que influir en lo que hacemos cada día.